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19 diciembre 2007

P.O.V.

El día que entré en coma soplaba una brisa dulce que erizaba el vello de mis brazos como si alguien deslizara una pluma por encima. Era un jueves de mediados de abril, un día iluminado por un sol radiante que en lo alto parecía balancearse a este y oeste como si no quisiera que el mediodía terminase nunca.

El día que abandoné el mundo de la vigilia para adentrarme en el de los sueños había empezado a las siete de la mañana y había terminado a la vez que la eternidad. Fue un día como aquellas discusiones que teníamos Pablito y yo en el instituto, las que comenzaban con "¿cuán largo es el infinito?" y acababan con "¿has visto cómo le han crecido las tetas a Julia?": banal pero tremendamente importante para el devenir de mi vida.

El día que me volví horizontal desayuné arroz inflado y zumo de naranja en la cocina de mi apartamento, comí unos huevos rotos con jamón en la terraza del Candolías, y no llegué a cenar. No hablé con nadie por teléfono ni envíe ningún correo electrónico a ninguna de mis amistades; para ellos supongo que ese día ni siquiera existió, que fue simplemente un absurdo paréntesis durante el cual me convertí en un vegetal. Fue un día no especialmente cansado en el trabajo y al mediodía no ví nada interesante en la televisión; ni siquiera las noticias del corazón trajeron nada especial ni que destacase. El Zaragoza había vuelto a empatar durante la jornada anterior, el presidente del Gobierno seguía negando estar acostándose con el líder del nacionalismo vasco y el líder de la oposición seguía negando estar intentando invocar a las huestes del infierno para acabar con todo aquello que es bello. Un día normal, un día anodino, un día que duró dieciocho horas más infinito.

El día que descubrí quién había matado a mi padre fue un día como cualquier otro, de no ser porque para mí aún no ha acabado.

Deluxe - Que no

19 noviembre 2007

Zaragoza, Illinois

¿Te acordarás ahora? Era un sábado noche de mediados de marzo. Habíamos quedado en el casco viejo a eso de las tres de la mañana. Era, por supuesto, antes de que el Ayuntamiento impusiera ese horario de cierre de bares actual que seguramente tendrá mucha razón de ser pero que a tí a y a mí nos toca los cojones. Hacía un cierzo que helaba los huesos y recuedo perfectamente que yo cuando salí de casa llevaba mi braga militar calada hasta las pestañas y las manos metidas dentro del forro polar, que ví a una pareja que se estaba liando enfrente del portal de mi casa de manera salvaje y que me dí cuenta de que ella era la santita de la vecina de abajo. No sé por qué, pero me acuerdo de eso. La memoría es así de puñetera.

Tú creo que venías de La Naranja Mecánica porque habías salido antes con tus compañeros de trabajo y todos tiraban por el rollo bakalao. Y tú, claro, te apuntabas a un bombardeo. Habías quedado entre tanto con los reyes del cuarto y mitad y por lo tanto ya asumía que vendrías enchufado. Te habrías encerrado en el baño con el Víctor y el Montes y, pim pam, te habrías "ensanchado las neuronas", como me dijiste aquella vez que te tuve que sacar a rastras del Jarras antes de que aquellos dos punkos nos partieran la boca.

Lo que más me jodía era que los reyes del cuarto eran buena gente. Amables, abiertos, cordiales, tranquilos, siempre dispuestos a echar una mano y siempre con un chiste o una palabra amable en la boca. Que no eran los farloperos oscuros y malignos que salían en las series de Globomedia, vamos. Que te estaban convirtiendo en un gilipollas pero que no podía odiarles porque eran buenos tíos y porque de entre ellos el peor de todos eras precisamente tú. Me habías caído muy mal cuando te habías metido en la montaña rusa sentimental de María pero, hostias: me estabas cayendo peor despues.

Te esperaba al lado de La Bola de Oro, junto a las murallas. Llegaste como esperaba que llegaras, con las pupilas dilatadas y la nariz irritada, vestido como un gilipollas que aún estuviera acostumbrándose a llevar camisa, con las manos en los bolsillos y mirando de lado a lado con esa frívola sonrisa que tan poco natural te salía. Te miré ya sin desden ni preocupación, sólo con frialdad. Tras escuchar tu torrente de palabras asintiendo e intentando apartarte de la puerta del Mundo comenzamos a caminar hasta que llegamos a la calle Temple. Estaba bastante vacía porque la temperatura no acompañaba a hacer corrillos en las puertas y apenas tuvimos que abrirnos paso.

No sé cómo ni cuándo te encaraste con el moro, que ver a uno por aquel entonces aún era una novedad y no parte del paisaje como es hoy en día. Yo le estaba pidiendo fuego a un ex-compañero de Maristas y charlando un poco sobre amigos comunes y de repente, cuando me giré a buscarte con la mirada, estabas tirado en el suelo con dos desconocidos ayudándote a levantarte. Tu agresor se había largado por donde había venido y no sé por qué razón se limitó a darte un puñetazo en los dientes. Te tocabas la boca con sorpresa y te mirabas los dedos ensangrentados como quien ve sangre por primera vez. Y mientras yo me abría paso entre los curiosos, con los puños cerrados e intentando ver quién te había puesto la mano encima, tú asentías y te reías. Te descojonabas, vamos. Mientras te acompañaba al parking, porque se me había cortado el rollo por completo y sólo quería vovler al barrio, decías que la hostia que habías esquivado en el Jarras te había encontrado y te seguías deshuevando. Días despues me dijiste que el guantazo del moro no había sido ninguna revelación pero que quizás sí que había servido para sacudirte lo bastante como para despertarte.

Y ahora me pregunto con qué debería golpearte para que volvieras a hacerlo.

Death From Above 1979 - Little girl

04 noviembre 2007

Más sobre María

María tiene el pelo color ceniza y el alma de un tono similar.

María en realidad se llama María Verónica pero toda la vida ha intentado esquivar las referencias taurinas. Con los cuernos ha tenido menos suerte.

Cuando está en un momento realmente bajo María se siente como el muñeco manco del futbolín: todo el mundo ve que está tullida pero, como sigue siendo útil, a nadie le importa.

Neutral Milk Hotel - Holland, 1945

01 octubre 2007

Malito

He pasado el último día prácticamente en cama, despues de pasar toda la noche vomitando y toda la mañana con fiebre.

Y pienso que se habla mucho de la que separa al amor del odio, pero que la línea que separa dignidad de humillación es bastante más delgada.

PD.: Casi se me olvidaba. Esta noche ha tenido algo bueno: durante el delirio se presentó ante mí lo que a partir de ahora llamaré "el concepto". ¿Qué es "el concepto"? Bueno, cuando la gente me pregunta: "Biyu, ¿por qué no intentas escribir algo serio?", yo siempre respondo: "Porque no tengo ningún concepto en el que me valga la pena gastar tanto tiempo como el que en estos momentos sería necesario". Así que... ahí está, simple pero interesante, y tiene a mis dedos hirviendo por empezar. Comienza el periodo de documentación. Deseadme suerte.

Joaquín Sabina - Así estoy yo sin tí

29 agosto 2007

Mis post-it

Reproducción memética de un concepto imposible, deslocalización del líder revolucionario, implosión cognoscitiva de una civilización en decadencia, puerta trasera del inconsciente colectivo. "El Cthulhu de la psicología alternativa".
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"La ciencia ficción siempre ha jugueteado con la idea de transplantar la mente humana a un cuerpo diferente, y siempre de manera ridícula. Olvidan que no somos únicamente cerebro. Tío: si transpasaran mi mente al cuerpo de una quinceañera y tuviera que enfrentarme a esa sobredosis de hormonas desconocidas... no quiero ni imaginarme lo que podría pasar"
"Mentiroso. Claro que quieres imaginártelo"
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María Claret es delgada, delgada como un susurro, y como un susurro es su voz. María Claret tiene la mitad del nombre de una calle y sus labios siempre están secos. María Claret viste de gris e impide que el cabello castaño caiga sobre su cara. María Claret gruñe cuando hace el amor y carraspea a la mañana siguiente. María Claret escucha la radio por la noche y duerme durante el día. María Claret espera, no sabe a qué, pero espera.
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"¿Quién escucha a los que hablan al vacío?", dijo él.
"YO", respondió el vacío.
Siempre hay alguien al otro lado.

The Raconteurs - Steady, as she goes

25 abril 2007

Esperma

La gente dice muchas cosas. Abre la boca para hablar y muchas veces simplemente salen rebuznos que acaban escritos, convertidos en ley, cincelados bajo escudos nobiliarios, citados en clases magistrales y blandidos por embriagados fanáticos como si espadas de fuego fuesen. Una de las muchas cosas que dicen, y a la que yo personalmente le encuentro cierta validez, es que todas las historias tienen que empezar por alguna parte. Esto que quizás pudiera parecer tan obvio no lo es en absoluto, ya que casi todas las historias que nos encontramos a lo largo de nuestra vida son historia ya comenzadas y generalmente ya a mitad de su segundo acto. Enamorarse de alguien es unirse a la historia de su vida, al igual que comenzar a vivir en un lugar nuevo es añadirle un capítulo nuevo a tu propio cuento y apretar el cuello de un pobre infeliz hasta que deja de consumir aire es ponerle punto final a una historia a la que no le diste más de dos estrellas sobre cinco. Por ello deseo que reconozcais el privilegio que supone poder tener una historia como esta contada desde antes aún del principio, desde su esperma y su óvulo y su brotar seminal, aunque la historia sea fea, sea estúpida y sea completamente indigna de ser contada. Esta absurda historia tambien es falsa, fabulada e inventada por completo, aunque todo lo que en ella cuento en realidad haya ocurrido e incluso quizás ya esté ocurriendo.

Quizás pensais que el que miente soy yo y no la historia. No puedo mentir, pues si mintiese... ¿qué conseguiría? Malgastar los escasos centímetros cúbicos de tinta que deben quedarle a este bolígrafo que unas manos en una cadena de montaje ensamblaron con desgana y a cambio de un sueldo ridículo sin saber que iba a acabar convertido en el instrumento del disfrute de un infeliz calvo y medio tonto. O quizás lo que en estos momentos os preguntéis es que de qué demonios estoy hablando y por qué estais gastando vuestro tiempo y por ende vuestro dinero en leer los desvaríos de un pobre infeliz que ni siquiera es capaz de crear un torrente de consciencia mínimamente vendible e interesante. Debeis disculparme, pues mis ojos están en estos momentos más dilatados de lo normal y mi presión sanguínea es tan elevada que puedo escuchar perfectamente el retumbar de la sangre resonar contra mis tímpanos.

Soy un simple drogadicto.

Lo único que me hace mínimamente interesante es que la droga que me agarra en estos momentos de los pelos de la nuca y me paraliza los párpados para evitar que me duerma no es una cocaína ni un caballo cualquiera. La droga que en estos momentos roe mi sistema nervioso y hace el amor con mi cerebro es la que acabó con nuestra civilización occidental y nos dejó en la situación en la que estamos actualmente, o quizás debería decir que lo hará, o que quizás lo haga. En cualquier caso yo fui y seré su pionero, el que se dio su primer y su último pico, el que sintió el poder de una explosión nuclear entre sus labios y creyó en el potencial escondido tras su simple y estúpido bisilábico nombre, aquel que no me atrevo ya a pronunciar por miedo a que el síndrome de abstinencia vuelva a sacudirme una patada en los testículos.

Sé que no podeis verme pero intentad imaginarme sentado sobre las ruinas de mi casa natal, con mi gorro de lana encajado hasta la mandíbula y escribiendo alucinado en mi viejo cuaderno de notas mientras me río pensando en lo aburrido que era todo cuando el mundo estaba sobrio y los copos de nieve no danzaban a mi alrededor. Intentadlo. Y decidme quién demonios soy yo para quejarme.

La historia empieza, como cualquier buen historia debe empezar, en un lunes noche, en la vieja cama de un apartamento aún más viejo, mientras la música del pub del piso de abajo hace vibrar la lámpara de mesa, y escasos segundos tras el orgasmo más intenso de la vida de María Claret.

The Orb - Prime evil