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22 agosto 2007

Muscaria

Voy buscando una sirena con alas. La llevo buscando desde hace como mínimo dos horas, quince minutos y siete segundos, desde que me pareció verla sobre el rombo de la estación del suburbano. He tomado tres tipos diferentes de transporte público para perseguirla por las calles de la ciudad. He venido hasta esta calle, creyendo haberla visto dar zancadas sobre la azotea del edificio. Porque las sirenas aladas pueden dar zancadas.

Me gusta mucho esta calle: creo que por dos veces he soñado con ella. Es una calle adoquinada, de casco viejo de ciudad vieja, con farolas de forja y casas de colores pastel. Tiene un bar reposando en la esquina, un puesto de castañas, un cilindro de esos donde en navidades anuncian productos de perfumería, una fuente con forma de boca de leon, cinco palomas, tres macetas, dos perritos con cara de felicidad y una anciana con rostro de perder hojas de calendario y no importarle. Es una calle de gama alta. Pregunto al guardia urbano si ha visto a mi sirena y me mira con un color extraño, como de indiferencia; le pregunto si sabe de qué color es la indiferencia y me responde con un trino que suena a entre martes y miércoles. Ignoro al probo agente del orden y me deslizo hasta la puerta del bar por ver si mi sirena ha avituallado allí, y me encuentro enseguida delante de un círculo de cristal al que pronto identifico como "taza de café vista desde arriba". No sé cómo me la han servido ni de dónde han salido esos dos círculos que la camarera recoge y a los que tardo en identificar como "moneda de curso legal". Pienso en preguntarle a ella si ha visto a mi sirena, en explicarle cómo la combinación entre las escamas de su cola y las plumas de sus alas la hacen especialmente preciada, pero pienso que será mejor preguntarle algo útil, así que le pregunto si sabe si crecen manzanas cerca de aquí. Parte de mi mente ha formulado un plan para cazar sirenas usando manzanas y otra parte está pensando en sidra (esa es la parte disipada de mi cabeza) pero ella me mira con cara de digestión, concretamente del segundo cuarto de hora de la digestión de una cena pesada, sin alcohol. Creo que es porque he decidido llamarle la atención poniéndome a llorar. Pronto me he sentido estúpido y lo he dejado, aunque la mandíbula me ha comenzado a doler por el esfuerzo de convertir boca y ojos en líneas horizontales. He salido del bar olvidándome del café y agradeciendo telepáticamente las atenciones de la camarera y al abrir la puerta he oído el característico campanilleo que hacen las sirenas aladas cuando alzan el vuelo. Así que he salido corriendo, he saltado entre el segundo perrito con cara feliz y la cuarta farola de forja, y he reanudado mi búsqueda. ¿Dónde estarás, mi sirena alada?

Porcupine Tree - Lazarus

20 agosto 2007

Tekeli-li

Un nombre es algo muy serio. Un nombre no es un mero identificador, una simple etiqueta arbitraria: no. Un nombre te define. No del todo sino que es más bien como tu troquel, ¿sabeis?, accesorio pero exactamente con tu forma. Y muchas veces un nombre te llena mucho más de lo que inicialmente TÚ puedas llenarlo a él.
Y este era el caso de Edgar. Su madre, antigua cinéfila progresista de las de Parka y Cahiers, le había puesto ese nombre pensando en Edgar Neville y esperando que su retoño se contagiara en algo del genio y lograra trepar a la alta burguesía -que ser de izquierdas es una cosa pero ser gilipollas otra muy distinta.

Pero el pequeño Edgar había salido algo diferente a lo que esperaba su mami: delgaducho, de piel cetrina, de pelo lacio, de mal comer, al que nunca elegían para jugar al fútbol en el recreo pero al que los macarras del colegio parecían temer. Amigo de los adjetivos rimbombantes, los adverbios sonoros, el vocabulario caduco y los monólogos sombríos. Amante de cuervos, gatos negros, ventanas altas, juegos de sombras y suspiros largos. Que había logrado tener una relación tormentosa a los doce años de edad, se había preguntado sobre el trágico horizonte que nos espera al final de nuestro día durante su primera excursión al Zoo de Madrid y que se había dejado perilla afilada en cuando le había comenzado a cambiar la voz. Y todo esto, por supuesto, muchos años antes de que su profesora de Inglés de BUP le hubiera regalado El Cuervo de su tocayo Poe.

El otro día Edgar se preguntaba -a eso de la cuarta Mahou- cómo habría sido su vida si su madre hubiera sido florista y le hubiera llamado Jacinto...

Iván Ferreiro - Piensa en frío

23 marzo 2007

Algo nuevo

- ¿Sabes qué? Que lo de anoche ha sido la gota que ha desbordado el vaso. Que no, que no soy un mártir. Que me he cansado de escuchar los problemas de la gente, por muy bonitos que sean los ojos de esa gente, y que estoy harto de atormentadas y de niñas con problemas. Que sí, que nos lo pasábamos muy bien juntos, que el folleteo no estaba mal, pero que no nos veo juntos dentro de un año... ni de una semana, qué cojones. Que estoy cansado de tus shows, tus manipulaciones y tus tergiversaciones. ¿Lo he dicho bien, no? Ter-gi-ver-sa-cio-nes. Pues eso. Que paso de tí, que ahora yo tambien soy punk, como la chica que curraba conmigo en el otro bar. Que "no future", titi, y que dejes de llamarme y de mandarme mensajes. Que sí, que te he bloqueado en el Messenger. Que no, hostias. Que he encontrado curro nuevo en un garito del centro y que espero que eso signifique que no vamos a volver a vernos nunca más. Que necesito respirar y preocuparme de mí mismo y de mi futuro. Y que me voy a comprar un gato, hostias.
- Perdona, llevaba los cascos puestos. ¿Qué me decías, Gus?
- No, nada, que muy bonita la blusa...

The Sundays - Here's where the story ends